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Inaugural de Adams - Historia

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ESTADOS UNIDOS, 19 de enero de 1797.

Señores del Senado y: de la Cámara de Representantes:

En la apertura de la presente sesión del Congreso mencioné que últimamente se habían producido algunas circunstancias de carácter indeseable en relación con Francia; que nuestro comercio había sufrido y estaba sufriendo graves daños en las Indias Occidentales por parte de los cruceros y agentes de la República Francesa, y que se habían recibido comunicaciones de su ministro aquí que indicaban el peligro de una mayor perturbación de nuestro comercio por su autoridad, y que en otros aspectos estaban lejos de ser agradables, pero que reservé para un mensaje especial una comunicación más particular sobre este interesante tema. Esta comunicación la hago ahora.

Las quejas del ministro francés abarcaron la mayoría de las transacciones de nuestro Gobierno en relación con Francia desde un período temprano de la presente guerra, que, por lo tanto, fue necesario revisar cuidadosamente. Se ha formado una colección de cartas y documentos relacionados con esas transacciones, que ahora presento ante ustedes, con una carta al Sr. Pinckney, nuestro ministro en París, que contiene un examen de las notas del ministro francés y la información que pensé. Podría ser útil al Sr. Pinckney en cualquier otra comunicación que considere necesaria ante el Gobierno francés. El objeto inmediato de su misión era hacer a ese Gobierno explicaciones sobre los principios y la conducta de los nuestros que, manifestando nuestra buena fe, pudieran eliminar todos los celos y descontentos y mantener esa armonía y buen entendimiento con la República Francesa que ha tenido. sido mi constante solicitud de preservar. Un gobierno que sólo requería el conocimiento de la verdad para justificar sus medidas no podía dejar de estar ansioso por que esto se mostrara plena y francamente.

Ir. WASHINGTON.

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Adams nació el 12 de febrero de 1775 en la ciudad de Londres, hija ilegítima de Joshua Johnson, un comerciante estadounidense de Maryland, cuyo hermano Thomas Johnson se desempeñó más tarde como gobernador de Maryland y juez de la Corte Suprema de Estados Unidos, y Catherine Newth, una Inglesa, cuya identidad fue durante mucho tiempo un misterio, su bisnieto Henry Adams bromeó diciendo que su existencia era "uno de los misterios más profundos de la teología metafísica". [1]

Fue bautizada como Louisa-Catharine Johnson en la iglesia parroquial de St Botolph sin Aldgate el 9 de marzo de 1775, cuando los nombres de sus padres se registraron como Joshua y Catharine y su dirección se dio como Swan Street. [2] Tenía seis hermanas: Ann "Nancy", Caroline (madre del general de la Unión Robert C. Buchanan), Harriet, Catherine, Elizabeth (segunda esposa del senador estadounidense John Pope de Kentucky) y Adelaide, y un hermano, Thomas. Creció en Londres y Nantes, Francia, donde la familia se refugió durante la Revolución Americana. [ cita necesaria ]

Conoció a John Quincy Adams en la casa de su padre en Cooper's Row, cerca de Tower Hill, Londres. Su padre había sido nombrado cónsul general de los Estados Unidos en 1790, y Adams lo visitó por primera vez en noviembre de 1795. Adams al principio mostró interés en su hermana mayor, pero pronto se decidió por Louisa. Adams, de 30 años, se casó con Louisa, de 22 años, el 26 de julio de 1797, en la iglesia parroquial de All Hallows-by-the-Tower, en Tower Hill. El padre de Adams, John Adams, entonces presidente de los Estados Unidos, finalmente dio la bienvenida a su nuera a la familia, aunque no se conocieron durante varios años. [3]

Sus padres dejaron Europa en 1797 y se fueron a los EE. UU. Cuando su padre se vio obligado a declararse en bancarrota, el presidente John Adams lo nombró Director de Sellos de EE. UU. Su padre, que padecía una enfermedad mental, murió en Frederick, Maryland, en 1802 de fiebre severa, dejando pocas provisiones para su familia. Su madre murió en septiembre de 1811, a mediados de los cincuenta, [4] y está enterrada en el cementerio de Rock Creek.

John Quincy Adams y Louisa Adams tuvieron los siguientes hijos:

    (1801-1829), abogado (1803-1834), asistente presidencial (1807-1886), diplomático, funcionario público y autor
  • Louisa Catherine Adams (12 de agosto de 1811-15 de septiembre de 1812), nació y murió en San Petersburgo, Rusia, enterrada en el cementerio luterano allí. [5] [6]

Louisa estaba enferma y sufría de migrañas y frecuentes desmayos. Tuvo varios abortos espontáneos en el transcurso de su matrimonio. Habiendo crecido en Londres y Francia, encontró Massachusetts aburrido y provinciano, y se refirió a la casa de la familia Adams como "como algo salido del Arca de Noé". Sin embargo, desarrolló un cálido afecto por su suegro y, a pesar de las diferencias ocasionales, un profundo respeto por su suegra Abigail Adams, a quien más tarde describió como "el planeta guía alrededor del cual todos giramos".

Dejó a sus dos hijos mayores en Massachusetts por educación en 1809 cuando llevó a Charles Francis Adams, de dos años, a Rusia, donde Adams se desempeñó como ministro. A pesar del glamour de la corte del zar, tuvo que luchar con inviernos fríos, costumbres extrañas, fondos limitados y mala salud. Una pequeña hija nacida en 1811 murió al año siguiente.

Las negociaciones de paz llamaron a Adams a Gante en 1814 y luego a Londres. Para unirse a él, hizo un viaje de cuarenta días a través de la Europa devastada por la guerra en autocar en invierno. Bandas errantes de rezagados y salteadores de caminos la llenaron de "terrores indescriptibles" por su hijo. Los siguientes dos años le brindaron un interludio de la vida familiar en el país de su nacimiento.

Cuando John Quincy Adams fue nombrado Secretario de Estado de James Monroe en 1817, la familia se mudó a Washington, DC, donde el salón de Louisa se convirtió en un centro para el cuerpo diplomático y otros notables. La música realzó sus martes por la noche en casa, y las fiestas en el teatro contribuyeron a su reputación como anfitriona sobresaliente.

Los placeres de mudarse a la Casa Blanca en 1825 se vieron empañados por la amarga política de las elecciones, junto con su profunda depresión. Aunque continuaba con sus "salones de dibujo" semanales, prefería las noches tranquilas para leer, componer música y versos y tocar el arpa. Como Primera Dama, se volvió solitaria y deprimida. Durante un tiempo, lamentó haberse casado con un miembro de la familia Adams, cuyos hombres encontraba fríos e insensibles. Los entretenimientos necesarios fueron siempre elegantes y su cordial hospitalidad hizo de la última recepción oficial una grata ocasión aunque su marido había perdido su candidatura a la reelección y el sentimiento partidista seguía siendo alto.

En su diario del 23 de junio de 1828, su esposo registró su "seda enrollada de varios cientos de gusanos de seda que ha estado criando", evidentemente en la Casa Blanca. [7]

Pensó que se iba a retirar a Massachusetts de forma permanente, pero en 1831 su esposo comenzó diecisiete años de servicio en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Las muertes prematuras de sus dos hijos mayores aumentaron sus cargas.

"Nuestro sindicato no ha estado exento de pruebas", admitió John Quincy Adams. Reconoció muchas "diferencias de sentimientos, gustos y opiniones con respecto a la economía doméstica y la educación de los niños entre nosotros". Pero agregó que "siempre ha sido una esposa fiel y cariñosa, y una madre cuidadosa, tierna, indulgente y vigilante con nuestros hijos".

Su esposo murió en el Capitolio de los Estados Unidos en 1848. Ella permaneció en Washington hasta su muerte de un ataque al corazón el 15 de mayo de 1852, a la edad de 77 años. El día de su funeral fue la primera vez que ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos aplazado en duelo por cualquier mujer. [8] Está sepultada al lado de su esposo, junto con el presidente de sus suegros John Adams y la primera dama Abigail Adams, en la Primera Iglesia Parroquial Unida en Quincy, Massachusetts.

El Programa del Primer Cónyuge bajo la Ley Presidencial de Monedas de $ 1 autoriza a la Casa de la Moneda de los Estados Unidos a emitir monedas de oro de 1/2 onza de $ 10 y duplicados de medallas [10] para honrar a los primeros cónyuges de los Estados Unidos. La moneda de Louisa Adams fue lanzada el 29 de mayo de 2008.


Inaugural de Adams - Historia

Discurso inaugural
ID de historial digital 4470

Autor: John Quincy Adams
Fecha: 1825

Anotación: John Quincy Adams fue el único presidente cuyo padre también ocupó ese cargo. Fue elegido por la Cámara de Representantes cuando el colegio electoral no pudo determinar un ganador claro en las elecciones de 1824 entre Adams y Andrew Jackson. El general Jackson había recibido más votos populares en las elecciones, pero no obtuvo suficientes votos electorales para ganar directamente. El juramento del cargo fue administrado por el presidente del Tribunal Supremo John Marshall dentro del Salón de la Cámara de Representantes.


Documento: De acuerdo con un uso coetáneo de la existencia de nuestra Constitución Federal, y sancionado por el ejemplo de mis predecesores en la carrera en la que estoy a punto de entrar, me presento, mis conciudadanos, en su presencia y en la del Cielo a me comprometo por las solemnidades de obligación religiosa al fiel cumplimiento de los deberes que me han sido asignados en el puesto al que he sido llamado. Al manifestar a mis compatriotas los principios por los cuales me regiré en el cumplimiento de esos deberes, mi primer recurso será la Constitución que juraré lo mejor que pueda para preservar, proteger y defender. Ese reverenciado instrumento enumera los poderes y prescribe los deberes del Magistrado Ejecutivo, y en sus primeras palabras declara los propósitos a los que éstos y toda la acción del Gobierno instituido por él deben dedicarse invariable y sagradamente: formar una unión más perfecta, establecer la justicia, asegurar la tranquilidad doméstica, proveer la defensa común, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para el pueblo de esta Unión en sus sucesivas generaciones. Desde la adopción de este pacto social, una de estas generaciones ha fallecido. Es obra de nuestros antepasados. Administrado por algunos de los hombres más eminentes que contribuyeron a su formación, a través de un período sumamente accidentado en los anales del mundo, y a través de todas las vicisitudes de la paz y la guerra incidentales a la condición de hombre asociado, no ha defraudado las esperanzas y aspiraciones de aquellos ilustres benefactores de su época y nación. Ha promovido el bienestar duradero de ese país, tan querido por todos, que ha ido mucho más allá de la suerte ordinaria de la humanidad, asegurado la libertad y la felicidad de este pueblo. Ahora lo recibimos como una preciosa herencia de aquellos a quienes estamos en deuda por su establecimiento, doblemente ligados por los ejemplos que nos han dejado y por las bendiciones de las que hemos disfrutado como fruto de sus labores para trasmitir intactas las mismas al pueblo. generación siguiente. En los treinta y seis años transcurridos desde que se instituyó este gran pacto nacional, un cuerpo de leyes promulgadas bajo su autoridad y de conformidad con sus disposiciones ha desplegado sus poderes y llevado a la práctica sus energías efectivas. Los departamentos subordinados han distribuido las funciones ejecutivas en sus diversas relaciones con los asuntos exteriores, los ingresos y gastos y la fuerza militar de la Unión por tierra y mar. Un departamento coordinado del Poder Judicial ha expuesto la Constitución y las leyes, resolviendo en armoniosa coincidencia con la voluntad legislativa numerosas cuestiones de construcción de peso que la imperfección del lenguaje humano había hecho ineludibles. Se acerca el año de jubileo desde la primera formación de nuestra Unión, el de la declaración de nuestra independencia. La consumación de ambos fue efectuada por esta Constitución.

Desde ese período, una población de cuatro millones se ha multiplicado por doce. Un territorio delimitado por el Mississippi se ha ampliado de mar a mar. Se han admitido nuevos Estados en la Unión en números casi iguales a los de la primera Confederación. Se han concertado tratados de paz, amistad y comercio con los principales dominios de la tierra. Los pueblos de otras naciones, habitantes de regiones adquiridas no por conquista, sino por pacto, se han unido a nosotros en la participación de nuestros derechos y deberes, de nuestras cargas y bendiciones. El bosque ha caído por el hacha de nuestros leñadores, el suelo se ha hecho florecer gracias a la labranza de nuestros agricultores, nuestro comercio ha blanqueado todos los océanos. El dominio del hombre sobre la naturaleza física se ha ampliado con la invención de nuestros artistas. La libertad y la ley han marchado de la mano. Todos los propósitos de la asociación humana se han cumplido con la misma eficacia que bajo cualquier otro gobierno del mundo, ya un costo que excede poco en una generación el gasto de otras naciones en un solo año.

Tal es el cuadro sin exagerar de nuestra condición bajo una Constitución fundada en el principio republicano de igualdad de derechos. Admitir que esta imagen tiene sus matices es decir que sigue siendo la condición de los hombres sobre la tierra. Del mal —físico, moral y político— no pretendemos estar exentos. A veces hemos sufrido por la visita del cielo a través de enfermedades, a menudo por los agravios e injusticias de otras naciones, incluso hasta los extremos de la guerra y, por último, por disensiones entre nosotros, disensiones quizás inseparables del disfrute de la libertad, pero que tienen más de una vez pareció amenazar con la disolución de la Unión, y con ella el derrocamiento de todos los goces de nuestro destino presente y de todas nuestras esperanzas terrenales del futuro. Las causas de estas disensiones han sido diversas, fundadas en diferencias de especulación en la teoría del gobierno republicano, en puntos de vista conflictivos de política en nuestras relaciones con naciones extranjeras, en celos de intereses parciales y seccionales, agravados por prejuicios y preferencias que son extraños entre sí. siempre apto para entretener. 5 Es para mí una fuente de gratificación y de aliento observar que el gran resultado de este experimento sobre la teoría de los derechos humanos, al final de la generación que la formó, ha sido coronado con un éxito a la altura de las expectativas más optimistas de sus fundadores. La unión, la justicia, la tranquilidad, la defensa común, el bienestar general y las bendiciones de la libertad, todo ha sido promovido por el Gobierno bajo el cual hemos vivido. Parados en este punto del tiempo, mirando hacia atrás a esa generación que ha pasado y hacia adelante a la que está avanzando, podemos permitirnos al mismo tiempo disfrutar de una exultación agradecida y una esperanza alegre. De la experiencia del pasado extraemos lecciones instructivas para el futuro. De los dos grandes partidos políticos que han dividido las opiniones y los sentimientos de nuestro país, el sincero y el justo admitirán ahora que ambos han aportado espléndidos talentos, inmaculada integridad, ardiente patriotismo y desinteresados ​​sacrificios a la formación y administración de este Gobierno. y que ambos han requerido una indulgencia liberal por una parte de la enfermedad y el error humanos. Las guerras revolucionarias de Europa, que comenzaron precisamente en el momento en que el Gobierno de los Estados Unidos entró en funcionamiento por primera vez bajo esta Constitución, provocaron una colisión de sentimientos y simpatías que encendieron todas las pasiones y amargaron el conflicto de partes hasta que la nación se vio envuelta. en la guerra y la Unión fue sacudida hasta el centro. Este tiempo de prueba abarcó un período de veinticinco años, durante los cuales la política de la Unión en sus relaciones con Europa constituyó la base principal de nuestras divisiones políticas y la parte más ardua de la acción de nuestro Gobierno Federal. Con la catástrofe en la que terminaron las guerras de la Revolución Francesa, y nuestra posterior paz con Gran Bretaña, esta mala hierba de las luchas partidistas fue desarraigada. Desde ese momento, ninguna diferencia de principio, relacionada con la teoría del gobierno o con nuestras relaciones con las naciones extranjeras, ha existido o se ha manifestado con suficiente fuerza para sostener una combinación continua de partidos o para dar más que una sana animación al sentimiento público o debate legislativo. Nuestro credo político es, sin una voz disidente que pueda ser escuchada, que la voluntad del pueblo es la fuente y la felicidad del pueblo el fin de todo gobierno legítimo sobre la tierra que la mejor seguridad para la beneficencia y la mejor garantía contra el El abuso de poder consiste en la libertad, la pureza y la frecuencia de las elecciones populares de que el Gobierno General de la Unión y los gobiernos separados de los Estados son soberanías de poderes limitados, colaboradores de los mismos amos, incontrolados dentro de sus respectivos esferas, incontrolables por usurpaciones entre sí que la seguridad más firme de la paz es la preparación durante la paz de las defensas de la guerra que una economía rigurosa y la rendición de cuentas del gasto público deben proteger contra el agravamiento y aliviar cuando sea posible la carga de impuestos que los militares deben mantenerse en estricta subordinación al poder civil que la libertad de prensa y de opinión religiosa debe ser Inviolamos que la política de nuestro país es la paz y el arca de nuestra unión de salvación son artículos de fe en los que ahora estamos todos de acuerdo. Si ha habido quienes dudaban de que una democracia representativa confederada fuera un gobierno competente para la gestión sabia y ordenada de las preocupaciones comunes de una nación poderosa, esas dudas se han disipado si ha habido proyectos de confederaciones parciales que se erigirán sobre las ruinas. de la Unión, se han esparcido por los vientos si ha habido vínculos peligrosos con una nación extranjera y antipatías contra otra, se han extinguido. Diez años de paz, en casa y en el extranjero, han mitigado las animosidades de la contienda política y mezclado en armonía los elementos más discordantes de la opinión pública. Todavía queda un esfuerzo de magnanimidad, un sacrificio de prejuicio y pasión, que deben realizar los individuos de toda la nación que hasta ahora han seguido los estándares de los partidos políticos. Es el de descartar todo vestigio de rencor unos contra otros, de abrazar como compatriotas y amigos, y de ceder solo a los talentos y la virtud esa confianza que en tiempos de contienda por los principios sólo se otorgaba a aquellos que llevaban la insignia de la comunión del partido.

Las colisiones de espíritu de partido que se originan en opiniones especulativas o en diferentes puntos de vista de la política administrativa son por naturaleza transitorias. Aquellos que se basan en divisiones geográficas, intereses adversos del suelo, el clima y los modos de vida doméstica son más permanentes y, por lo tanto, quizás, más peligrosos. Es esto lo que da un valor inestimable al carácter de nuestro Gobierno, a la vez federal y nacional. Nos ofrece una amonestación perpetua para preservar por igual y con igual ansiedad los derechos de cada Estado individual en su propio gobierno y los derechos de toda la nación en el de la Unión. Todo lo que sea de interés interno, ajeno a los demás miembros de la Unión o al extranjero, pertenece exclusivamente a la administración de los gobiernos de los Estados. Todo aquello que involucre directamente los derechos e intereses de la fraternidad federativa o de potencias extranjeras es de la competencia de este Gobierno General. Los deberes de ambos son obvios en el principio general, aunque a veces quedan perplejos por las dificultades en los detalles. Respetar los derechos de los gobiernos de los Estados es deber inviolable de la Unión, el gobierno de cada Estado sentirá su propia obligación de respetar y preservar los derechos del conjunto. Los prejuicios que en todas partes se albergan con demasiada frecuencia contra los extraños distantes se desvanecen, y los celos de los intereses discordantes se alivian con la composición y las funciones de los grandes consejos nacionales que se reúnen anualmente en este lugar de todos los rincones de la Unión. Aquí los distinguidos hombres de todas las secciones de nuestro país, mientras se reúnen para deliberar sobre los grandes intereses de aquellos por quienes son delegados, aprenden a estimar los talentos y hacer justicia a las virtudes de los demás. Se promueve la armonía de la nación y toda la Unión se teje por los sentimientos de respeto mutuo, los hábitos de trato social y los lazos de amistad personal que se forman entre los representantes de sus diversas partes en el desempeño de su servicio en esta metrópoli. .

Pasando de esta revisión general de los propósitos y mandatos de la Constitución Federal y sus resultados como indicando los primeros rastros del camino del deber en el desempeño de mi confianza pública, me dirijo a la Administración de mi predecesor inmediato como el segundo. Ha fallecido en un período de profunda paz, cuánto para satisfacción de nuestro país y para el honor del nombre de nuestro país es conocido por todos ustedes. Las grandes características de su política, en general coincidencia con la voluntad de la Legislatura, han sido la de apreciar la paz mientras se prepara para la guerra defensiva para hacer justicia exacta a otras naciones y mantener los derechos de los nuestros para apreciar los principios de libertad y de igualdad. derechos dondequiera que fueran proclamados para descargar con toda la prontitud posible la deuda nacional para reducir dentro de los límites más estrechos de eficiencia la fuerza militar para mejorar la organización y disciplina del Ejército para proporcionar y sostener una escuela de ciencia militar para extender la protección igual a todos los grandes intereses de la nación para promover la civilización de las tribus indias, y proceder en el gran sistema de mejoras internas dentro de los límites del poder constitucional de la Unión. Bajo la prenda de estas promesas, hechas por ese eminente ciudadano al momento de su primera inducción a este cargo, en su carrera de ocho años se han derogado los impuestos internos se han cancelado sesenta millones de la deuda pública se ha hecho provisión para la consuelo y alivio de los ancianos e indigentes entre los guerreros sobrevivientes de la Revolución la fuerza armada regular ha sido reducida y su constitución revisada y perfeccionada la responsabilidad por el gasto de dinero público se ha hecho más efectiva las Floridas han sido adquiridas pacíficamente, y nuestro Se ha extendido la frontera hasta el Océano Pacífico, se ha reconocido la independencia de las naciones del sur de este hemisferio, y se ha recomendado con el ejemplo y el consejo a los potentados de Europa se ha avanzado en la defensa del país mediante fortificaciones y el aumento de la Marina, hacia la supresión efectiva del tráfico africano de esclavos para atraer a los cazadores aborígenes de nuestra tierra a la cultivo de la tierra y de la mente, en la exploración de las regiones interiores de la Unión y en la preparación mediante investigaciones y estudios científicos para la aplicación ulterior de nuestros recursos nacionales al mejoramiento interno de nuestro país.

En este breve resumen de la promesa y el desempeño de mi predecesor inmediato, el cumplimiento del deber para su sucesor está claramente delineado. Perseguir hasta su consumación los propósitos de mejora de nuestra condición común instituidos o recomendados por él abarcarán toda la esfera de mis obligaciones. Al tema de la mejora interna, enfáticamente instado por él en su inauguración, recurro con peculiar satisfacción. Es de eso de lo que estoy convencido de que los millones no nacidos de nuestra posteridad que serán en edades futuras para los habitantes de este continente, derivarán su más ferviente agradecimiento a los fundadores de la Unión, aquello en lo que se sentirá más profundamente la acción benéfica de su Gobierno. y reconocido. La magnificencia y el esplendor de sus obras públicas se encuentran entre las glorias imperecederas de las antiguas repúblicas. Los caminos y acueductos de Roma han sido la admiración de todos después de las edades, y han sobrevivido miles de años después de que todas sus conquistas hayan sido devoradas por el despotismo o se hayan convertido en el botín de los bárbaros. Ha prevalecido cierta diversidad de opinión sobre las facultades del Congreso para legislar sobre objetos de esta naturaleza. La deferencia más respetuosa se debe a dudas originadas en el patriotismo puro y sostenidas por la autoridad venerada. Pero han pasado casi veinte años desde que se inició la construcción de la primera carretera nacional. La autoridad para su construcción fue entonces incuestionable. ¿A cuántos miles de nuestros compatriotas les ha resultado beneficioso? ¿A qué individuo le ha resultado alguna vez una lesión? Discusiones repetidas, liberales y sinceras en la Legislatura han conciliado los sentimientos y aproximado las opiniones de las mentes ilustradas sobre la cuestión del poder constitucional. No puedo dejar de esperar que mediante el mismo proceso de deliberación amistosa, paciente y perseverante todas las objeciones constitucionales sean finalmente eliminadas. La amplitud y limitación de las facultades del Gobierno General en relación con este interés trascendentalmente importante será resuelta y reconocida a satisfacción común de todos, y todo escrúpulo especulativo será resuelto con una bendición pública práctica.

Conciudadanos, ustedes conocen las circunstancias peculiares de las elecciones recientes, que han dado como resultado que me brinden la oportunidad de dirigirme a ustedes en este momento. Habéis oído la exposición de los principios que me orientarán en el cumplimiento de la alta y solemne confianza que se me ha impuesto en esta estación. Menos poseído de su confianza de antemano que cualquiera de mis predecesores, soy profundamente consciente de la perspectiva de estar más y más a menudo necesitado de su indulgencia. Intenciones rectas y puras, un corazón consagrado al bienestar de nuestro país y la aplicación incesante de todas las facultades que me han sido asignadas a su servicio son todas las promesas que puedo dar por el fiel cumplimiento de los arduos deberes que debo emprender. A la orientación de los consejos legislativos, a la asistencia de los departamentos ejecutivos y subordinados, a la cooperación amistosa de los respectivos gobiernos estatales, al apoyo sincero y liberal del pueblo en la medida en que lo merezca la honesta laboriosidad y el celo, Buscaré cualquier éxito que pueda tener mi servicio público y sabiendo que "si el Señor no guarda la ciudad, el centinela despierta pero en vano", con fervientes súplicas por Su favor, a Su providencia dominante encomiendo con humilde pero intrépida confianza mi propio destino. y los destinos futuros de mi país.


Se intensifican los pedidos de destitución del presidente Trump

Van Buren se perdió de ver a Harrison pronunciar el discurso inaugural más largo de la historia, que duró una hora y 45 minutos. Luego se convirtió en el primer presidente en morir en el cargo, solo un mes después de la inauguración, probablemente por ingerir el suministro de agua contaminada con aguas residuales en la Casa Blanca, según la Biblioteca del Congreso.

John Tyler lo sucedió al convertirse en el primer vicepresidente en ascender a la presidencia después de la muerte o renuncia del presidente anterior.

Andrew Johnson, 1869

Johnson es el presidente más reciente en declinar comparecer en la toma de posesión de su sucesor después de que se negó a asistir a la ceremonia de Ulysses S. Grant en la era posterior a la Guerra Civil.

Johnson, un demócrata de Tennessee, había ascendido a la presidencia después de que el presidente republicano Abraham Lincoln fuera asesinado en 1865.

Su impopularidad en su propio partido hizo que ni siquiera consiguiera la nominación en las elecciones de 1868. Johnson y Trump comparten el hecho de que ambos fueron acusados ​​por la Cámara de Representantes durante su único mandato, y ambos fueron absueltos por el Senado.

Grant, el líder del Ejército de la Unión en la Guerra Civil, se ganó fácilmente al ex gobernador de Nueva York Horatio Seymour en las elecciones de 1868.

Grant y Johnson tenían una relación contenciosa, con informes que indicaban que Grant se negaría a compartir un carruaje con Johnson yendo y viniendo del Capitolio, según The Washington Post.

Johnson inicialmente se comprometió a asistir a la ceremonia, pero cambió de opinión y permaneció en la Casa Blanca firmando proyectos de ley mientras Grant prestó juramento.


Evolución de la transferencia pacífica del poder

Desde 1801, la transferencia pacífica del poder ha seguido siendo un sello distintivo del gobierno de los Estados Unidos, uniéndose al sistema bipartidista como aspectos clave para garantizar una democracia saludable.

Dejando a un lado la salida de Adams & # x2019 a primera hora de la mañana, la mayoría de los presidentes salientes han asistido a las tomas de posesión de sus sucesores. Las excepciones notables incluyen el propio hijo de Adams & # x2019, John Quincy Adams, quien se negó a asistir a la primera inauguración de Andrew Jackson & # x2019 en 1829 y el asediado Andrew Johnson, quien se negó a asistir a la inauguración de Ulysses S. Grant como su sucesor en 1869, eligiendo en su lugar, celebrar una reunión final de su gabinete.

Las costumbres de inauguración de los presidentes salientes han cambiado a lo largo de los años, según el Comité Conjunto del Congreso de Ceremonias de Inauguración. En 1837, Jackson y su sucesor, Martin Van Buren, comenzaron una nueva tradición al viajar juntos a la inauguración de Van Buren & # x2019 en el Capitolio de los Estados Unidos. Hasta principios del siglo XX, los presidentes saliente y entrante también viajaron juntos de regreso a la Casa Blanca después de las ceremonias inaugurales. Theodore Roosevelt fue el primero en apartarse de este patrón en 1909 al dirigirse directamente desde el Capitolio a Union Station, donde tomó un tren a Nueva York.

Presidentes posteriores, como Harry Truman, Dwight D. Eisenhower y Lyndon B. Johnson, abandonaron los terrenos del Capitolio en automóvil. Desde la salida de Gerald Ford & # x2019 de su cargo en 1977, todos los presidentes salientes y la primera dama han salido de las ceremonias inaugurales en helicóptero, dejando a sus sucesores para asistir a un almuerzo inaugural dentro del edificio del Capitolio. & # XA0


George Washington da el primer discurso inaugural presidencial

El 30 de abril de 1789, George Washington toma juramento como el primer presidente estadounidense y pronuncia el primer discurso inaugural en el Federal Hall de la ciudad de Nueva York. Los elementos de la ceremonia establecen la tradición de las inauguraciones presidenciales se han desviado poco en los dos siglos transcurridos desde la inauguración de Washington & # x2019s.

Frente a 10.000 espectadores, Washington apareció con un traje de paño marrón liso que sostenía una espada ceremonial del ejército. A las 6 & # x2032 3, Washington presentó una figura impresionante y solemne al tomar el juramento del cargo de pie en el segundo balcón del Federal Hall. Con el vicepresidente John Adams de pie a su lado, Washington repitió las palabras impulsadas por el canciller Robert R. Livingston, besó la Biblia y luego se dirigió a la cámara del Senado para pronunciar su discurso inaugural.

Los observadores notaron que Washington parecía como si hubiera preferido enfrentarse al fuego de cañones y mosquetes a tomar el timón político del país. Se movía inquieto, con la mano en un bolsillo, y hablaba en voz baja, a veces inaudible, mientras reiteró las emociones mezcladas de ansiedad y honor que sentía al asumir el papel de presidente. En su mayor parte, su discurso consistió en generalidades, pero abordó directamente la necesidad de una Constitución y Declaración de Derechos fuertes y con frecuencia enfatizó el bien público. He told the House of Representatives that he declined to be paid beyond such actual expenditures as the public good may be thought to require. In deference to the power of Congress, Washington promised to give way to my entire confidence in your discernment and pursuit of the public good.


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Gilder Lehrman Collection #: GLC06661 Author/Creator: Adams, John Quincy (1767-1848) Place Written: Washington, D.C. Type: Broadside Date: 4 March 1825 Pagination: 1 p. : docket 54 x 37.4 cm.

President Adams inaugural address printed in an extra from the National Intelligencer, a Washington, D.C., newspaper.

Copyright Notice The copyright law of the United States (title 17, United States Code) governs the making of photocopies or other reproductions of copyrighted material. Under certain conditions specified in the law, libraries and archives are authorized to furnish a photocopy or other reproduction. One of these specific conditions is that the photocopy or reproduction is not to be “used for any purpose other than private study, scholarship, or research.” If a user makes a request for, or later uses, a photocopy or reproduction for purposes in excess of “fair use,” that user may be liable for copyright infringement. This institution reserves the right to refuse to accept a copying order if, in its judgment, fulfillment of the order would involve violation of copyright law.

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Adams' Inaugural - History

It follows the full text transcript of John Adams' Inaugural Address, delivered in the Congress Hall at Philadelphia, Pennsylvania - March 4, 1797.


When it was first perceived, in early times,

that no middle course for America remained between unlimited submission to a foreign legislature and a total independence of its claims, men of reflection were less apprehensive of danger from the formidable power of fleets and armies they must determine to resist than from those contests and dissensions which would certainly arise concerning the forms of government to be instituted over the whole and over the parts of this extensive country.

Relying, however, on the purity of their intentions, the justice of their cause, and the integrity and intelligence of the people, under an overruling Providence which had so signally protected this country from the first, the representatives of this nation, then consisting of little more than half its present number, not only broke to pieces the chains which were forging and the rod of iron that was lifted up, but frankly cut asunder the ties which had bound them, and launched into an ocean of uncertainty.

The zeal and ardor of the people during the Revolutionary war, supplying the place of government, commanded a degree of order sufficient at least for the temporary preservation of society. The Confederation which was early felt to be necessary was prepared from the models of the Batavian and Helvetic confederacies, the only examples which remain with any detail and precision in history, and certainly the only ones which the people at large had ever considered. But reflecting on the striking difference in so many particulars between this country and those where a courier may go from the seat of government to the frontier in a single day, it was then certainly foreseen by some who assisted in Congress at the formation of it that it could not be durable.

Negligence of its regulations, inattention to its recommendations, if not disobedience to its authority, not only in individuals but in States, soon appeared with their melancholy consequences - universal languor, jealousies and rivalries of States, decline of navigation and commerce, discouragement of necessary manufactures, universal fall in the value of lands and their produce, contempt of public and private faith, loss of consideration and credit with foreign nations, and at length in discontents, animosities, combinations, partial conventions, and insurrection, threatening some great national calamity.

In this dangerous crisis the people of America were not abandoned by their usual good sense, presence of mind, resolution, or integrity. Measures were pursued to concert a plan to form a more perfect union, establish justice, insure domestic tranquility, provide for the common defense, promote the general welfare, and secure the blessings of liberty. The public disquisitions, discussions, and deliberations issued in the present happy Constitution of Government.

Employed in the service of my country abroad during the whole course of these transactions, I first saw the Constitution of the United States in a foreign country. Irritated by no literary altercation, animated by no public debate, heated by no party animosity, I read it with great satisfaction, as the result of good heads prompted by good hearts, as an experiment better adapted to the genius, character, situation, and relations of this nation and country than any which had ever been proposed or suggested. In its general principles and great outlines it was conformable to such a system of government as I had ever most esteemed, and in some States, my own native State in particular, had contributed to establish.

Claiming a right of suffrage, in common with my fellow citizens, in the adoption or rejection of a constitution which was to rule me and my posterity, as well as them and theirs, I did not hesitate to express my approbation of it on all occasions, in public and in private. It was not then, nor has been since, any objection to it in my mind that the Executive and Senate were not more permanent. Nor have I ever entertained a thought of promoting any alteration in it but such as the people themselves, in the course of their experience, should see and feel to be necessary or expedient, and by their representatives in Congress and the State legislatures, according to the Constitution itself, adopt and ordain.

Returning to the bosom of my country after a painful separation from it for ten years, I had the honor to be elected to a station under the new order of things, and I have repeatedly laid myself under the most serious obligations to support the Constitution. The operation of it has equaled the most sanguine expectations of its friends, and from an habitual attention to it, satisfaction in its administration, and delight in its effects upon the peace, order, prosperity, and happiness of the nation I have acquired an habitual attachment to it and veneration for it.

What other form of government, indeed, can so well deserve our esteem and love?

There may be little solidity in an ancient idea that congregations of men into cities and nations are the most pleasing objects in the sight of superior intelligences, but this is very certain, that to a benevolent human mind there can be no spectacle presented by any nation more pleasing, more noble, majestic, or august, than an assembly like that which has so often been seen in this and the other Chamber of Congress, of a Government in which the Executive authority, as well as that of all the branches of the Legislature, are exercised by citizens selected at regular periods by their neighbors to make and execute laws for the general good.

Can anything essential, anything more than mere ornament and decoration, be added to this by robes and diamonds? Can authority be more amiable and respectable when it descends from accidents or institutions established in remote antiquity than when it springs fresh from the hearts and judgments of an honest and enlightened people?

For it is the people only that are represented. It is their power and majesty that is reflected, and only for their good, in every legitimate government, under whatever form it may appear. The existence of such a government as ours for any length of time is a full proof of a general dissemination of knowledge and virtue throughout the whole body of the people. And what object or consideration more pleasing than this can be presented to the human mind? If national pride is ever justifiable or excusable it is when it springs, not from power or riches, grandeur or glory, but from conviction of national innocence, information, and benevolence.

In the midst of these pleasing ideas we should be unfaithful to ourselves if we should ever lose sight of the danger to our liberties if anything partial or extraneous should infect the purity of our free, fair, virtuous, and independent elections. If an election is to be determined by a majority of a single vote, and that can be procured by a party through artifice or corruption, the Government may be the choice of a party for its own ends, not of the nation for the national good. If that solitary suffrage can be obtained by foreign nations by flattery or menaces, by fraud or violence, by terror, intrigue, or venality, the Government may not be the choice of the American people, but of foreign nations. It may be foreign nations who govern us, and not we, the people, who govern ourselves and candid men will acknowledge that in such cases choice would have little advantage to boast of over lot or chance.

Such is the amiable and interesting system of government (and such are some of the abuses to which it may be exposed) which the people of America have exhibited to the admiration and anxiety of the wise and virtuous of all nations for eight years under the administration of a citizen who, by a long course of great actions, regulated by prudence, justice, temperance, and fortitude, conducting a people inspired with the same virtues and animated with the same ardent patriotism and love of liberty to independence and peace, to increasing wealth and unexampled prosperity, has merited the gratitude of his fellow-citizens, commanded the highest praises of foreign nations, and secured immortal glory with posterity.

In that retirement which is his voluntary choice may he long live to enjoy the delicious recollection of his services, the gratitude of mankind, the happy fruits of them to himself and the world, which are daily increasing, and that splendid prospect of the future fortunes of this country which is opening from year to year. His name may be still a rampart, and the knowledge that he lives a bulwark, against all open or secret enemies of his country's peace. This example has been recommended to the imitation of his successors by both Houses of Congress and by the voice of the legislatures and the people throughout the nation.

On this subject it might become me better to be silent or to speak with diffidence but as something may be expected, the occasion, I hope, will be admitted as an apology if I venture to say that if a preference, upon principle, of a free republican government, formed upon long and serious reflection, after a diligent and impartial inquiry after truth if an attachment to the Constitution of the United States, and a conscientious determination to support it until it shall be altered by the judgments and wishes of the people, expressed in the mode prescribed in it if a respectful attention to the constitutions of the individual States and a constant caution and delicacy toward the State governments if an equal and impartial regard to the rights, interest, honor, and happiness of all the States in the Union, without preference or regard to a northern or southern, an eastern or western, position, their various political opinions on unessential points or their personal attachments if a love of virtuous men of all parties and denominations if a love of science and letters and a wish to patronize every rational effort to encourage schools, colleges, universities, academies, and every institution for propagating knowledge, virtue, and religion among all classes of the people, not only for their benign influence on the happiness of life in all its stages and classes, and of society in all its forms, but as the only means of preserving our Constitution from its natural enemies, the spirit of sophistry, the spirit of party, the spirit of intrigue, the profligacy of corruption, and the pestilence of foreign influence, which is the angel of destruction to elective governments if a love of equal laws, of justice, and humanity in the interior administration if an inclination to improve agriculture, commerce, and manufacturers for necessity, convenience, and defense if a spirit of equity and humanity toward the aboriginal nations of America, and a disposition to meliorate their condition by inclining them to be more friendly to us, and our citizens to be more friendly to them if an inflexible determination to maintain peace and inviolable faith with all nations, and that system of neutrality and impartiality among the belligerent powers of Europe which has been adopted by this Government and so solemnly sanctioned by both Houses of Congress and applauded by the legislatures of the States and the public opinion, until it shall be otherwise ordained by Congress if a personal esteem for the French nation, formed in a residence of seven years chiefly among them, and a sincere desire to preserve the friendship which has been so much for the honor and interest of both nations if, while the conscious honor and integrity of the people of America and the internal sentiment of their own power and energies must be preserved, an earnest endeavor to investigate every just cause and remove every colorable pretense of complaint if an intention to pursue by amicable negotiation a reparation for the injuries that have been committed on the commerce of our fellow citizens by whatever nation, and if success can not be obtained, to lay the facts before the Legislature, that they may consider what further measures the honor and interest of the Government and its constituents demand if a resolution to do justice as far as may depend upon me, at all times and to all nations, and maintain peace, friendship, and benevolence with all the world if an unshaken confidence in the honor, spirit, and resources of the American people, on which I have so often hazarded my all and never been deceived if elevated ideas of the high destinies of this country and of my own duties toward it, founded on a knowledge of the moral principles and intellectual improvements of the people deeply engraven on my mind in early life, and not obscured but exalted by experience and age and, with humble reverence, I feel it to be my duty to add, if a veneration for the religion of a people who profess and call themselves Christians, and a fixed resolution to consider a decent respect for Christianity among the best recommendations for the public service, can enable me in any degree to comply with your wishes, it shall be my strenuous endeavor that this sagacious injunction of the two Houses shall not be without effect.

With this great example before me, with the sense and spirit, the faith and honor, the duty and interest, of the same American people pledged to support the Constitution of the United States, I entertain no doubt of its continuance in all its energy, and my mind is prepared without hesitation to lay myself under the most solemn obligations to support it to the utmost of my power.

And may that Being who is supreme over all, the Patron of Order, the Fountain of Justice, and the Protector in all ages of the world of virtuous liberty, continue His blessing upon this nation and its Government and give it all possible success and duration consistent with the ends of His providence.


Transitions at the White House

Transitions from one presidential administration to another have changed throughout the years. Below is a list of highlighted facts about White House transition.

  • 1801 - President John Adams did not attend Thomas Jefferson’s inauguration. He departed from the White House at 4 am the morning of his successor’s inauguration. While Adams never recorded why he left, he may have wanted to avoid provoking violence between Federalists and Democratic-Republicans, as this was the first time the presidency was transferred to an opposing party. He was also never formally invited by Jefferson and perhaps didn’t want to impose.
  • 1829 - Like his father, John Adams, President John Quincy Adams did not attend the inauguration of his successor. President-elect Andrew Jackson arrived in Washington on February 11, 1829. He did not call on President Adams, nor did Adams invite Jackson to the White House. Later that month, President Adams moved to a mansion on Meridian Hill in Washington, D.C., and officially departed the White House on the evening of March 3, the day before the inauguration of President Jackson.
  • 1837 - President Andrew Jackson attended the inauguration of Martin Van Buren. This was the first time that an outgoing and incoming president rode together in a carriage to the Capitol for the inaugural ceremony. The carriage featured wooden pieces from the USS Constitution.
  • 1841 - President-elect William Henry Harrison arrived in Washington, D.C. in February 1841, occupying the National Hotel on Pennsylvania Avenue. On February 10, he met with Van Buren at the White House. On February 12, Van Buren hosted Harrison and others for dinner at the White House. When the National Hotel became overcrowded, Van Buren offered to leave the White House early to accommodate Harrison, but the president-elect decided to take a brief trip to Virginia before the inauguration.
  • 1845 - While staying at the National Hotel in 1845, James K. Polk and his family were invited to the White House by President John Tyler for a dinner on March 1, three days before inauguration. That same day, Tyler signed a joint resolution passed by Congress that offered Texas admission into the Union.
  • 1849 - The Polks left the White House on March 3, 1849 for the Willard Hotel. The typical March 4 inauguration was delayed until the 5th as the 4th fell on a Sunday. President Polk used the vice president’s office in the Capitol for last minute work. On March 4, his last day at the White House, he wrote in his diary, “I feel exceedingly relieved that I am now free from all public cares. I am sure I shall be a happier man in my retirement than I have been during the four years I have filled the highest office in the gift of my countrymen.”
  • 1853 - In 1853, President-elect Franklin Pierce was treated to a dinner party by President Millard Fillmore. The Fillmores moved out of the White House the day before inauguration to the Willard Hotel, renting space there while their home in Buffalo was being furnished. Fillmore rode with Pierce to the Capitol for the oath of office—Pierce remained standing to acknowledge the cheering onlookers.
  • 1857 - In 1857, James Buchanan stayed at the Willard Hotel before the inauguration. He visited President Franklin Pierce on January 27—that same day there was also a public reception at the White House. Afterwards, Buchanan returned to Pennsylvania before traveling back to Washington, D.C. Early on March 4, Pierce said final farewells to his cabinet before riding with Buchanan to the Capitol for the inaugural ceremony, the first inaugural known to have been photographed.
  • 1869 - In 1869, President Andrew Johnson did not attend the inauguration of his successor, Ulysses S. Grant. Johnson's impeachment, coupled with Grant's rise within the Republican Party, created a mutual dislike between the two men. Ultimately, Johnson decided not to attend and spent his morning signing last-minute legislation.
  • 1877 - Rutherford B. Hayes was the first president to take the oath in the White House. He was invited to dine with President Ulysses S. Grant, who insisted that Hayes take the oath privately (as March 4 fell on a Sunday) so he did in the Red Room. Hayes then took the oath publicly on Monday, March 5.
  • 1889 - On February 27, 1889, President-elect Benjamin Harrison and his family were honored with a dinner at the White House. On the morning of March 4, President Grover Cleveland and President-elect Harrison went to the inauguration. Before they left the White House, First Lady Frances Folsom Cleveland and her husband signed photograph albums for staff.
  • 1897 - In March 1897, First Lady Frances Folsom Cleveland was sad to leave the White House for the second (and final) time. President Grover Cleveland took a final walk among the State Rooms, asking one of the staff to remove the portrait of him for storage in the attic. Before the inauguration, Cleveland and the new president, William McKinley, spoke amiably in the Blue Room.
  • 1909 - Shortly after taking office in 1909, President William Howard Taft was asked how he liked being president. President Taft replied, “I hardly know yet . . . When I hear someone say Mr. President, I look around expecting to see Roosevelt [Theodore, his predecessor]. . . So you can see that I have not gone very far yet.” After the ceremony, First Lady Helen Taft rode from the Capitol back to the White House with her husband, the first time a president’s spouse had done so.
  • 1921 - On March 4, 1921, President Warren G, Harding opened his presidency with a luncheon provided by outgoing First Lady Edith Wilson at the White House. He then received citizens from his hometown of Marion, Ohio, in the East Room, went to the executive offices, and met with the Hamilton Club of Chicago before dining at the White House.
  • 1929 - President Calvin Coolidge hosted a dinner for members of his cabinet the night before leaving office. The next day, March 4, 1929, the Coolidges gave small gifts to the White House staff. After a brief meeting between the Coolidges and Hoovers in the Blue Room, the party departed for Capitol Hill for the inauguration ceremony. Upon assuming office, President Hoover added more telephones and radios to the White House, expanding its technological capabilities. Among the objects Hoover brought to the White House was an engraving of Francis Carpenter’s First Reading of the Emancipation Proclamation before the Cabinet, featuring President Abraham Lincoln.
  • 1933 - During the transition between presidents Herbert Hoover and Franklin D. Roosevelt, the two met in the Red Room for tea on March 3, 1933, holding a rather cool meeting on how to deal with the country’s growing economic woes. On the morning of the inauguration, Hoover’s cabinet met one final time before the Hoovers met the Roosevelts in their cars outside the North Portico.
  • 1953 - Before Inauguration Day on January 20, 1953, the Eisenhowers stayed at the Statler Hotel. The previous December, First Lady Bess Truman had shown the newly renovated White House to Mrs. Eisenhower. While at the Statler, the incoming first family was joined by their son, John, on temporary leave from military service in Korea. President-elect Eisenhower wore a stiff-curl brimmed hat instead of the more traditional high silk hat.
  • 1961 - After a snowstorm the preceding night, President John F. Kennedy was inaugurated on January 20, 1961. The transition between Kennedy and Dwight Eisenhower was smooth with the Brookings Institute providing transition reports in the weeks before inauguration.
  • 1963 - Congress passes the Presidential Transition Act to promote the orderly transfer of power across the federal government. “The law requires the General Services Administration to provide office space and other core support services to presidents-elect and vice Presidents-elect, as well as pre-election space and support to major candidates. The Act also requires the White House and agencies to begin transition planning well before a presidential election, benefitting both first and second term administrations.” Learn More.
  • 1969 - Despite the national tension of the late 1960s, President Lyndon Johnson remained dedicated to a smooth transition of power, speaking with candidates Richard Nixon, Hubert Humphrey, and George Wallace. President Johnson delivered his last State of the Union on January 14, 1969. The last letters President Johnson signed in the White House were letters to his sons-in law, then serving in Vietnam.
  • 1980 - In 1980, the Reagan and Carter transition teams held a meeting at the White House movie theater. This was only the second time a transition team had held a meeting in the White House. The first was when the Ford and Carter teams met in 1976. President Carter worked nonstop during the final days of his administration to secure the release of 52 Americans hostages held by Iran. He was still making calls fifteen minutes before the Reagans arrived at the White House for the inauguration. The hostages were released minutes after Ronald Reagan was sworn into office.
  • 1993 - On January 20, 1993, President George H.W. Bush began a new presidential tradition—leaving behind a congratulatory letter for his successor. In his letter to President-elect Bill Clinton, Bush wrote: “You will be our President when you read this note. I wish you well. I wish your family well. Your success now is our country’s success. I am rooting hard for you. Good Luck.”
  • There have been three sitting presidents who have not attended any of the inaugural ceremonies of their successors: John Adams (1801), John Quincy Adams (1829), and Andrew Johnson (1869). Two others, Martin Van Buren (1841) and Woodrow Wilson (1921), were inside the U.S. Capitol signing last-minute legislation but did not attend the public ceremony outside. It is unknown why Van Buren did not participate, as he and William Henry Harrison were cordial and Van Buren even hosted Harrison for dinner at the White House before the inauguration. One possible explanation was that his son, Martin Van Buren Jr., was ill and he left to be with him. Woodrow Wilson accompanied his successor, Warren G. Harding, to the Capitol but did not stay for the public ceremony because of his poor health. Wilson had suffered a stroke in 1919, and was still experiencing health issues when he left office. Finally, Richard Nixon (1974) resigned the office of the presidency on August 9, 1974, and did not stay to witness his successor Gerald R. Ford take the Oath of Office in the White House East Room. While the sitting president was not there, this occasion was considered a presidential succession and not a traditional inauguration.

Compiled by the White House Historical Association. Please credit the Association by its full name when using this as background material. Specific sources consulted available upon request.


Inaugural Address, 4 March 1797

When, < in early times > it was first perceived in early times that no middle course < remained > for America remained between unlimited submission to a foreign Legislature, and a total Independence of its claims: men of reflection, were less apprehensive of danger, from the formidable Power of fleets and Armies they must determine to resist than from those Contests and dissentions, which would certainly arise, concerning the forms of Government to be instituted, over the whole and over the parts of this extensive Country. Relying however, on the purity of their intentions, the Justice of their cause, and the Integrity and Intelligence of the People under an overruling Providence, which had so Signally protected this Country from the first, The Representatives of this Nation, [. . .] not only broke little more than half its present Number to pieces the chains which were forging, and the Rod of Iron that was lifted up, but frankly cutt asunder the Ties which had bound them and launched into an ocean of Uncertainty.

The Zeal and ardour of the People, during the revolutionary War, supplying the Place of Government, commanded a degree of order, sufficient at least for the temporary preservation of Society. The Confederation, which was early felt to be necessary, was prepared, from the models of the Batavian and Helvetic Confederacies, the only Examples which remain with any detail and precision, in History, and certainly the only ones, which the People at large, had ever considered. But reflecting on the Striking difference in so many particulars, between this country and those, where a Courier may go from the seat of Government to the frontier in a single day, it was then certainly foreseen by Some who assisted in Congress at the formulation of it, that it could not < continue for ten Years > be durable.

Negligence of its regulations, inattention to its recommendations, if not disobedience to its authority, not only in individuals but in States, soon appeared with their melancholly consequences Universal Languor—jealousies and Rivalries of States decline of navigation and Commerce discouragement of necessary manufacturers universall fall in the value of Lands and their produce contempt of public and private faith loss of consideration and credit with foreign nations and at length, in discontents, Animosities, combinations, partial conventions, and insurrection, threatning some great national Calamity.

In this dangerous < emeregen > Crisis, the People of America, were not abandoned, by their usual good Sense, presence of Mind, resolution or integrity.—Measures were pursued to concert a Plan, to form a more perfect Union, establish justice, insure domestic tranquility provide for the common defence, promote the general Welfare, and Secure the blessings of Liberty. The public disquisitions, discussions and deliberations issued in the present happy Constitutions of Government.

Employed in the Service of my Country abroad, during the whole course of these transactions, I first saw the Constitution of the United States in a foreign Country. Irritated by no litterary [Alliteration] , animated by no public debate, heated by no party animosity, I read it with great Satisfaction, as a result of good heads, prompted by good hearts as an Experiment, better adapted to the Genius, Character, Situation and relations of this nation and Country, than any which had ever been proposed or suggested. In its general Principles and great outlines, it was conformable to such a system of Government, as I had ever most esteemed and in some States, my own native state < particularly > in particular, had contributed to establish. Claiming a right of Suffrage, in common with my fellow Citizens, in the Adoption or rejection of a Constitution which was to rule me and my Posterity, as well as them and theirs, I did not hesitate to express my Approbation of it, on all Occasions, in public and in private. It was not then, nor has been since, any Objection to it, in my mind that the Executive and Senate were not more permanent. If there is any Party in this Country formed for the purpose of introducing an hereditary or even a more permanent Executive or Senate, which [however] I have no reason to believe or suspect, I am not entirely < of that number > possessed of their [Confidence] , nor Admitted to their Secret. Nor have I ever entertain’d a thought of promoting any Alteration in it, but Such as the People themselves, in the course of their experience Should see and feel to be necessary or expedient and by their Representations in Congress and the state Legislatures, according to the Constitution itself adopt and ordain.

Returning to the bosom of my Country, after a painful Seperation from it for ten Years, I had [the honour] to be elected to a station under the new order of Things, [. . .] of which have been attended with as much constancy as my health and strength would admit, and I have repeatedly laid myself under the most Serious Obligations to Support the Constitution. The operation of it has equalled the most sanguine Expectations of its Friends: and from an habitual Attention to it satisfaction on its administration and delight in its effects, upon the Peace, order, Prosperity and Happiness of the nation, I have acquired an habitual Attachment to it, and Veneration for it.

What other form of Government indeed can so well deserve our Esteem and love?

There may be little Solidity in an ancient idea that congregations of Men into Cities and nations, are the most pleasing Objects in the sight of Superiour Intelligencies: but this is very certain, that to a benevolent human Mind, there can be no Spectacle presented by any nation, more pleasing, more noble, majestic, or august, than an Assembly like that which has so often been seen in this and the other chamber of Congress, of a Government, in which the Executive Authority, as well as that of all the Branches of the Legislature are exercised by Citizens selected, at regular periods, by their neighbours to make and execute Laws for the general good. Can any Thing essential? any Thing more than mere ornament and decoration be added to this by Robes or Diamonds? Can Authority be more [amiable] or respectable when it descends from [Accidents, or ] , or []tions established in remote Antiquity, than when [. . .] fresh from the Hearts and Judgments [. . .] and enlightened People? For it is [. . .] represented? it is their [. . .] and only for their [. . .] under whatever form, it may appear. The Existence of Such a Government as ours, for any length of time, is a full proof of a general dissemination of Knowledge and Virtue, throughout the whole body of the People. And what Object or Consideration more pleasing than this can be presented to the human mind? If national pride is ever justifiable or excusable it is when it Springs, not from Power or Riches, Grandeur or Glory, but from conviction of national Innocence Information and Benevolence.

In the midst of these pleasing Ideas, We Should be unfaithfull to ourselves, if We Should ever loose sight of the danger to our Liberties, if any thing partial or extraneous Should infect the Purity of our free, fair, virtuous and independent Elections. If an Election is to be determined by a majority of a single Vote, and that, can be procured by a Party, through Artifice or corruption, the Government may be the Choice of a Party, for its own Ends, not of the nation for the national good. If that Solitary Suffrage can be obtained by foreign nations by Flattery or Menaces, by fraud or Violence, by terror Intrigue or Venality, the Government may not be the choice of the American People, but of foreign nations. It may be foreign nations who govern Us, and not We the People who govern ourselves. And candid Men will acknowledge, that in Such Cases, Choice would have little Advantage to boast of our Lot or Chance.

Such is the amiable and interesting System of Government (and such are some of the Abuses to which it may be exposed) which the People of America have exhibited to the Admiration and Anxiety of the Wise and virtuous of all nations for Eight Years under the Administration of a Citizen, who by a long Course of great Actions, regulated by Prudence, Justice, Temperance and Fortitude conducting a People, inspired with the same Virtues and animated with the same ardent Patriotism and love of Liberty, to independence and Peace, to increasing Wealth and unexampled Prosperity has merited the Gratitude of his Fellow Citizens, commanded the highest Praises of foreign nations, and Secured immortal glory with Posterity.

In that retirement which is his voluntary choice, may he long live to enjoy, the delicious recollection of his Services, the Gratitude of < his Country > Mankind the happy fruits of them to himself and the World, which are daily increasing, and that Splendid Prospect of the future Fortunes of his Country, which is opening from Year to Year. His Name < will > may be still a rampart, and the Knowledge that he lives a Bulwark, against all open or Secret Ennemies of his Countries Peace. This < great > Example has been recommended to the imitation of his Successors, by both Houses of Congress, and by the Voice of the Legislatures and the People, throughout the nation.

On this Subject it might become me better to be Silent, or to Speak with diffidence: But as Something may be expected, the occasion, I hope will be admitted as an Apology, if I venture to Say

If, a Preference, upon principle, of a free Republican government, formed upon long and Serious Reflection, after a diligent and impartial Inquiry after truth if, an Attachment to the constitution of the United States, and a conscientious determination to support it, untill it Shall be altered by the Judgments and Wishes of the People, expressed in the mode prescribed in it—if, a respectfull Attention to the constitutions of the individual States, and a constant caution and delicacy towards the State government if an equal and impartial regard to the Rights Interests, honour and Happiness of all the States in the Union, without preference or regard to a northern or Southern an Eastern or Western position, their various political opinions on unessential Points Sentiments or their personal Attachments If, a Love of virtuous men of all Parties and denominations if a love of Science and letters, and a wish to patronize every rational Effort to encourage Schools Colledges, Universities Academies and every Institution for propagating Knowledge, Virtue and Religion among all Classes of the People: not only for their benign Influence on the happiness of life in all its stages and Classes and of Society in all its forms but as the only means of preserving our Constitution from its natural Enemies the Spirit of Sophistry, the Spirit of Party, the Spirit of Intrigue, the profligacy of Corruption and the Pestilence of foreign Influence, which is the Angel of destruction to elective Governments If, a love of equal Laws, of Justice and humanity in the interiour Administration if an inclination to improve Agriculture, Commerce, and Manufactures for Necessity Convenience and defence if, a Spirit of Equity and humanity towards the aboriginal nations of America and a disposition to meliorate their condition, by inclining them to be more friendly to Us, and our Citizens to be more friendly to them If, an inflexible determination to maintain Peace and inviolable Faith, with all Nations, and that System of Neutrality and Impartiality, among the belligerent Powers of Europe which has been adopted by< my predecessor > this Government, and So Solemnly Sanctioned by both houses of Congress, and applauded by the Legislatures of the states and the publick opinion untill it shall be otherwise ordained by Congress if, a personal Esteem for the French nation, formed in a residence of Seven years, chiefly among them, and a sincere desire to preserve the friendship which has been so much for the honour and Interest of both nations if, while the conscious honour and Integrity of the People of America, and the internal Sentiment of their own Power and Ennergies must be preserved, an earnest Endeavour to investigate every just cause and remove every colourable Pretence of complaint if an Intention to pursue by amiable negotiation a Reparation for the Injuries that have been committed on the Commerce of our Fellow Citizens, by Whatever Nation and if Success cannot be obtained, to lay the Facts before the Legislature that they may consider, what further measures the honour and Interest of the Government and its Constituents demand. if, a resolution to do Justice, as far as may depend upon me at all times and to all nations, and maintain Peace, Friendship and Benevolence with all the World if an unshaken Confidence in the honour, Spirit, and Resources of < my country > the American People on which I have So often hazarded my all and never been deceived if, elevated Ideas of the high Destinies of this Country, and of my own duties towards it founded on a Knowledge of the moral Principles and intellectual improvements of the People, deeply engraven on my mind in early Life, and not obscured but exalted by Experience and Age—And, with humble Reverence I feel it to be my Duty to add, if, a veneration for the Religion of a People, who profess and call themselves Christians, and a fixed resolution to consider a decent respect for Christianity, among the best Recommendations for the public service: can enable me, in any degree to comply with your Wishes, it shall be my strenuous Endeavour, that this Sagacious Injunction of the two houses shall not be without Effect.

With < such and > this great Example before me with the Sense and Spirit, the Faith and Honour, the duty and Interest of the Same American People, pledged to Support the Constitution of the United States I entertain no doubt of its continuance, in all its Ennergy and my mind is prepared, without hesitation, to lay myself under the most Solemn Obligations to support it, to the Utmost of my Power.

And may that Being, who is supream over all, the Patron of order, the Fountain of Justice, and the Protector, in all Ages, of the World, of virtuous Liberty, continue his Blessing, upon this Nation and its Government and give it all possible Success and duration, consistent with the Ends of his Providence.


Ver el vídeo: Ο Μακεδόνας Αφγανός και το άγνωστο Αφγανιστάν (Julio 2022).


Comentarios:

  1. Zulkishicage

    Y no, sucede así)))))

  2. Brabar

    Imagínate :) Quería preguntar, ¿podemos intercambiar enlaces? correo electrónico en el comentario.

  3. Mulkis

    Te pido disculpas, pero en mi opinión admites el error. Me ofrezco a discutirlo. Escríbeme por MP, nosotros nos encargamos.

  4. Vuzahn

    Mi opinión se expande de la A a la Z

  5. Sakora

    La palabra de honor.



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